martes, diciembre 30, 2003

Comentario del día sobre el año que se nos va y el que se nos viene (sin albur): El año está a punto de irse y me tomo el tiempo de hacer un recuento sobre lo que me tocó vivir y como mi entorno ha cambiado desde que fueron los primeros días de enero. Hago dos cortes de caja al año, el siguiente es en mi cumpleaños pero ese es un tanto más íntimo. La verdad es una cuestión circunstancial. Hace 2500 años el año terminaba en marzo (y diciembre era el décimo mes como su nombre indica) así que sería hasta primavera cuando lo conmemorase; si fuera judío habría festejado en septiembre el Rosh Hassanah o si viviera en el Régime du Terror de la Revolución Francesa, el año terminaría en Fructidor (a mediados de septiembre también). De cualquier manera un alto en el camino nunca hace daño.

En Roma, el mes de enero estaba consagrado a Jano, el dios de las puertas y las dos caras. Una cara veía al pasado y otra al futuro. Es en estos días previos a enero cuando mirando un poquito al pasado trato de aventurar qué es lo que puede venir. He vivido en dos ciudades este año y todavía me quedan resquicios de mi vida en Monterrey. Al parecer el año que viene voy a estar un tanto influido por los acontecimientos que de Monterrey vengan.

Este año empezaba nebuloso. Después de graduarme uno no sabe cómo manejar tanto tiempo libre después de cinco años, además de estar sin un trabajo en el horizonte. Viví tres meses el desempleo y es algo que no se lo deseo a nadie. Luego, me mudé a México donde fue mucho más agradable el vivir en la ciudad en sí que el trabajo que realizaba. Por eso me vine a León, ya que acá el trabajo y el salario eran mucho más agradables (no así la ciudad).

He hecho cosas que en mi vida imaginé que habría realizado. Me he dado más libertad aunque pienso que ha sido de manera temeraria. Conocí a David Cronenberg en persona en una función reservada para invitados especiales en Cineteca Nacional (debo agradecer a Temo el que me haya ayudado a conseguir el pase), y pude ir al concierto de Coldplay en México y estar a 10 metros de ellos. Aprendí a conducir (aunque ya no he practicado) pero me ha quedado pendiente el subirme a un avión (nunca he viajado en uno). Este fin de año veré el Pacífico por primera vez en mi vida, y recibiré el 2004 frente al mar.

Por otra parte ha sido el año de la estupidez. Una guerra estúpida por razones estúpidas. Vivir en un país que no avanza detenido por unas cuantas personas estúpidas con ideas estúpidas. Encontrarme, en lo personal, con un par de personas estúpidas de las que me he distanciado. No ha sido el mejor año para relacionarme con la gente.

Me encuentro con una falta de originalidad terrible. La esperadísima película de Tarantino resultó ser una copia y un mélange de los filmes de Bruce Lee más que nada. Piensan relanzar la ochentera “We are the world” cambiando un poco la letra, no se les ocurrió poder hacer otra canción. Britney sigue imitando a Madonna a falta de inventarse un personaje propio. Los reality shows han envejecido muy rápido cayendo una y otra vez en la misma fórmula. Los argumentos para declarar una guerra son los mismos de la Edad Media (“Dios me lo pidió”). Matrix terminó rendida ante la sombra de Star Wars. Y así puedo seguir.

Se termina el año y empiezo el nuevo con dilemas. ¿Me quedaré en León?, ¿dejaré de vivir con mis padres?, ¿podré moverme dentro de mi trabajo actual?. Al menos ya hay emoción para los primeros tres meses. Existe un proverbio chino que dice: “que vivas tiempos interesantes”. No me puedo quejar, tengo ya un buen rato viviéndolos.

No creo en dios alguno pero sí en el Destino. El Destino visto a la manera griega como todo aquello que queda fuera del alcance de nuestras decisiones y esferas de influencia. La voluntad debe conducirse hacia el encuentro del Destino y su aceptación (mas no resignación) en el mejor modo estoico. Me leyeron el tarot hace poco y resultó que la carta de mi misión en la vida es el Ermitaño. Esto quiere decir que debo encontrar el camino hacia mi ermita (el lugar y circunstancia en la cual soy yo plenamente) y voy en ello. Creo que todavía falta mucho para llegar y ni siquiera estoy seguro que ya voy en el camino correcto.

Pablo de Tarso (San Pablo para los creyentes) escribe que las tres mayores virtudes son la fe, la esperanza y el amor. En el párrafo anterior hablé sobre mi fe. Cada año termino con la renovación de mis propias esperanzas. Éste no será la excepción. La esperanza es una droga que cuando deja de hacer efecto nos derrumba, pero si no la tomamos nos morimos. La verdad prefiero morirme de sobredosis que de inanición, así que espero que el año que viene sea mejor que éste. No sé si el 2004 va a ser mejor, pero creo que así puede ser.

Al final, como dijera Paul McCartney, el amor que diste termina siendo igual al que recibiste. Hay algunos aspectos en los que estoy cansado del amor, pero regresando a la esperanza y a la fe, no dejo de creer e insistir en él. No solo el amor de pareja, sino el que se da entre familiares, amigos (que son la familia que uno escoge), y el amor en general a cada pequeño detalle de este mundo. Este año creo que salgo con un pequeño déficit: mis intentos de amistad resultaron fallidos o son endebles actualmente, mis relaciones de pareja se han frustrado, con mis padres ha habido una pequeña apertura aunque no la suficiente, mis amistades más cercanas se encuentran lejos físicamente y de quien creí que estaba muy enamorado me he dado cuenta que el tiempo y la distancia han hecho sus estragos. Sin embargo, el amor a diferencia de la materia, se crea, se destruye y se transforma. Ahora se ha transformado y se ha vuelto una cuestión más íntima e introspectiva. Es el tiempo de reposo para tener un poco de paz. Es el descanso antes de salir a la batalla.

Termino el 2003 con la conciencia tranquila, con algunas presiones pero ciertamente menores a las de otros años. Lo menos que podría esperar para el siguiente es terminarlo igual, en calma, parado justo a la mitad de las dos caras de Jano, en el dintel de la puerta.

Buen Año Nuevo 2004.