miércoles, diciembre 17, 2003

Nunca he hecho la reseña de un disco, la verdad es que mi último curso en forma de educación musical fue cuando tenía 6 años. Ahora, a los 23, mi acercamiento ha sido más o menos empírico y al igual que en las películas ha sido motivado por accidentes venturosos.

El día de hoy, aprovecho para escribir sobre el disco que he comprado más recientemente, pero del cual ya tenía bajadas algunas canciones y ansiaba tener cuando lo encontrase con descuento (lo cual ha sucedido):

When the pawn...
de Fiona Apple. Año: 1999

Fiona Apple, a sus 22 años, revela en su segundo disco una fuerza y una melancolía que duelen. El álbum gira alrededor de un solo tema: el amor, pero ese amor que no se termina de concretar, el que está atado a un recuerdo, el que se enferma y se convierte en un instinto de venganza. Es un conjunto de canciones dedicadas a la infatuación enfermiza, a las ilusiones que solo se quedan en castillos en el aire, a todas aquellas veces en las que creemos amar con todo y terminamos pegándonos en la pared con la cabeza descalabrada.

Con una voz enronquecida y una cara angelical, Fiona deja su sentimiento en cada una de las melodías. Ciertamente parece que sufre, que cada una de las notas le hace daño pero que no puede hacer otra cosa más que cantarlas. En medio de todo el pesimismo que pueda encerrar su interpretación quedan algunos resquicios por donde pasa la luz. Sí, es un disco que hiere, pero que a la vez no mata...solo deja las flechas clavadas lo suficiente como para no fallecer pero sí padecer.

La orquestación es simplemente juguetona. La música de fondo compuesta por ella y arreglada por Jon Brion ocupa buena parte de sus canciones y se deja crecer como una melodía aparte en cada una. Pareciera que en cada descarga que representan las letras, los solos musicales se convierten en rincones donde se puede respirar un poco.

Entre las curiosidades del disco sobresalen las dedicatorias y colaboraciones. Al final del “booklet” viene una página en blanco con las letras “pta”. Son las iniciales de Paul Thomas Anderson, pareja de la cantante, y director de cine (de quien pronto estaré reseñando sus películas). Las fotografías son cortesía de Robert Elswitt, camarógrafo de cabecera de Anderson y el ya citado Jon Brion, aparte de componer la música para las películas de PTA es colaborador fiel de Aimee Mann, quien inspiró a Anderson para escribir y dirigir “Magnolia” y que comparte el estilo pesimista y nebuloso de Fiona. Así que solo hay que hacer las cuentas y escuchar un disco muy melancólico, ideal para una tarde lluviosa o para poder entender un poco las claves de por qué a veces la búsqueda de una pareja, del sentir una comunión con el otro implica más que solo el hecho de amar.